NI UNA PALABRA (o de cómo convertirme en mar)

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Para quienes desean sumergirse en las oscuras aguas que conforman el trauma.

NI UNA PALABRA

(o de cómo convertirme en mar)

Por Juan Carlos Araujo
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas

“A veces intentar entender nos distrae.”

Son doce años los que han pasado desde que Ana y Betty compartieron chocolates sabor a coco y mantequilla de maní frente al mar, desde que ambas niñas conocieron al gato Edgar, desde que una ventana abierta en una cocina cambió para siempre el rumbo de la existencia de una niña sumamente inocente y que ahora depende de pastillas para su estabilidad mental. Recostada en una banca enverdecida por la arena y la brisa marina, en un espacio entre la realidad y el sueño, en ese limbo donde un prendedor es capaz de anclarla al mundo real, Ana volverá a ver a su amiga, y es ahí, más allá del tiempo, la distancia o la existencia misma, a la luz blanca de la luna, que encontrarán un espacio para recordar y sanar.

“¿Segura que estoy soñando?”

Los traumas que surgen en la niñez son capaces de ahogar a una persona adulta, ya sea porque han sido bloqueados por el inconsciente como mecanismo de defensa, o por una incapacidad de procesar un evento que sólo podría ser descrito como aberrante. Este delicado tema es abordado con poeticidad onírica por Manya Loria en “Ni una Palabra (o de cómo convertirme en mar)”, un melodrama que entremezcla la acción con la narraturgia para presentar a dos amigas que se reencuentran en los sueños de una de ellas para poder sanar, con ayuda de una narradora que representa al mar, un trauma surgido años atrás a causa de un evento violento que la marcó para siempre, de una promesa de silencio que le ha robado por completo la capacidad de descansar.

“Ya somos 70% agua.”

Betty es una niña que lucha porque Ana recuerde, que no caiga en el olvido lo que sucedió; Ana es una mujer temerosa de que pronto termine en un psiquiátrico, aterrada por no poder encontrar un prendedor perdido en la arena, aunque sabe muy bien que está soñando. A medida que el mar va anunciando el porcentaje de agua en que se están convirtiendo las dos amigas, ellas conversan, primero de cosas aparentemente triviales como la importancia de darle de comer a Edgar ahora que ya es un gatito anciano, o chocolates con sabor a agua salada. Sin embargo, poco a poco, y a pesar de la resistencia de Ana por caminar hacia la oscuridad, mujer y niña, trauma, silencio y recuerdo, se van adentrando en aguas mucho más profundas y peligrosas.

“También hay cosas malas que se ocultan en la luz.”

El punto más destacable dentro de la construcción dramatúrgica que desarrolla Manya Loria en “Ni una Palabra (o de cómo convertirme en mar)” es la manera en que crea un universo contenido, donde se entreteje lo real con la ensoñación y la pesadilla, que va revelando su trama de manera clara y precisa, más poética y cargada de simbología. De tal manera, una discusión sobre si es mejor la luz blanca o la oscuridad, la presencia de un gato y de un reloj falso en forma de pez dentro de la narrativa, e incluso la canción de El Triste de José José van cambiando de significado a medida que se revelan los secretos que tan desesperadamente guarda Ana, cobran mayor peso dramático e invitan a la audiencia a resignificar todo lo que han ido viendo. Una vez establecido esto, el uso de la narraturgia, principalmente en el personaje del mar, se aleja a momentos de lo anecdótico, de avanzar la acción, para adentrarse innecesariamente en lo ilustrativo e incluso condescendiente, donde las acciones que están realizando en escena los personajes son descritas sin mayor aportación narrativa.

“Nuestra mente olvida, pero nuestro cuerpo no.”

Telas traslucidas en color azul y blanco dominan los laterales del escenario, mismas que se siguen hacia la parte trasera para crear una pantalla corrugada donde se proyectan imágenes alusivas al mar, dos manos que se encuentran y entrelazan bajo el agua, las protagonistas caminando por la playa. En la parte superior, la narradora que hace las veces del mar toca cuencos mientras guía la trama, vestida en tonos igualmente azules y blancos, creando la imagen de las olas y la espuma del agua. En el suelo, dibujos infantiles están desperdigados por el lugar, y una banca de playa se gira en un momento clave de la obra para revelar un sillón viejo y desvencijado. La iluminación contrasta tonos oscuros, azulados e íntimos con la frialdad de la luz blanca, elemento que acentúa el trance por el que pasa Ana, los recuerdos que busca desbloquear Betty. El tono de la puesta a momentos es denso, se recarga sobre lo sentimental, exacerba las emociones, principalmente dentro de todo lo que tiene que ver con Ana.

“Nadie me mencionará nunca más.”

La dirección de “Ni una Palabra (o de cómo convertirme en mar)” corre a cargo de Diego Collazo quien consigue a nivel estético un aura que refleja el sentido onírico de la dramaturgia, principalmente en cuanto al tema del mar se refiere. Esto se logra gracias al diseño y realización de escenografía por parte de Majo Miselem, quien también es responsable del diseño de vestuario, así como al diseño de iluminación de Mar Serna. Tonalmente, la puesta en escena se maneja desde un melodrama que mayoritariamente balancea la poeticidad con la crudeza con éxito, gracias al trabajo actoral por parte de Fabiola Rojo, Aurora Gonzvel y Esmeralda Velázquez. Ciertamente, a momentos la emotividad que proyecta Rojo en el papel de Ana se desborda, más hacia el final de la obra, pero Gonzvel interpretando a Betty, consigue mantener equilibrio al dar vida a una niña bajo las peores de las circunstancias, pero desde la contención y el control tanto corporal como vocal.

“Somos 95% lágrimas.”

Uno de los pasos más difíciles de dar en nuestro camino hacia una adultez sana y madura es el poder ver a los ojos al pasado y perdonarnos por aquello que cometimos, entender que mucho de lo sucedido en nuestra infancia estuvo fuera de nuestro control, no fue nuestra culpa, estábamos indefensos ante un mundo hostil que nos hirió de manera profunda. El trauma es real, es un océano capaz de ahogarnos por completo hasta el día de nuestra partida. No obstante, hay manera de entrar al mar y sanar en sus aguas purificadoras, de entender que para ser verdaderamente libres y poder dormir plácidamente, debemos dejar ir, romper el silencio, recordar con la capacidad de respirar.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: Ni una Palabra (O de Cómo Convertirme en Mar)

DRAMATURGIA: Manya Loría

DIRECCIÓN: Diego Collazo

ELENCO: Fabiola Rojo, Aurora Gonzvel y Esmeralda Velázquez

DÓNDE: Teatro La Capilla

DIRECCIÓN: Madrid 13, Del Carmen Coyoacán.

CUÁNDO: Lunes 20:00 horas. Hasta el 25 de Mayo 2026

COSTO: $350. Entrada general. Boletos en taquilla y en Ni una palabra (o de cómo convertirme en mar) – Boletópolis

DURACIÓN: 70 minutos sin intermedio

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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