FOTOGRAFÍAS: RICARDO CASTILLO CUEVAS
NUNCA HE ESTADO EN DUBLÍN
Para quienes desean reír con una desquiciada cena navideña donde una novia invisible es el menor de los problemas.
NUNCA HE ESTADO EN DUBLÍN

“Tu mamá está un poquito nerviosa.”
Tras tres años de ausencia en el extranjero, producto de una muy desafortunada respuesta de sus papás a su orientación sexual, Vero regresa a casa para celebrar navidad en compañía de su novia, una muy exitosa doctora, quien además de ser lesbiana, irlandesa, y vegetariana, tiene la ligera particularidad de también ser imaginaria. Sus papás y su hermano tienen todo preparado para recibirlas con brazos abiertos, incluyendo un poema que quizá nunca se escuche, una muy particular versión anglosajona de un popular villancico, y una muy sólida capacidad para pretender que todos están bien, que aquí nadie está ocultando algo, que ahí donde no hay nadie, se encuentran los vacíos emocionales que la vida nos deja.
“¿Por qué hace cómo si Angie estuviera aquí?”
La disfunción familiar, los secretos que la gente guarda a capa y espada, y las mentiras que las personas se cuentan, y se creen, para poder lidiar con una realidad adversa son los temas principales que el dramaturgo español Markos Goikolea aborda de manera humorística en “Nunca he Estado en Dublín”. La presencia de una novia imaginaria en una cena navideña familiar es una premisa por demás ingeniosa de donde la obra construye una comedia de tintes absurdistas que provoca carcajadas al mismo tiempo que abre discusiones sobre la manera en que una mentira contada las suficientes veces puede llegar a sonar verdadera, aun cuando la realidad de las cosas esté enfrente de nuestras propias narices.
“¡Por supuesto que estamos confused!”
Claro, el que Vero haya traído a una novia imaginaria a cenar es un problema muy serio. Sin embargo, si uno piensa bien las cosas, también lo son la forma en que Martín se niega a aceptar la realidad sobre su fracasado matrimonio, el que Javier se repita una y otra vez que su situación laboral va a mejorar a través del pensamiento mágico, o que Luz María crea que va a poder encubrir una deuda imposible de pagar. No importa que tan bonito suenen los peces en el río cuando se cantan en inglés o en versión flamenca, que tan rica o fea sea una ensalada de manzana hecha en casa, o que las criptomonedas con que una madre ha estado apostando sean tan invisibles como la novia de Vero, la realidad de las cosas es que esta no va a ser una navidad tan feliz, a menos que la mujer que nadie puede ver decida tomar el control de las cosas.
“¿Tú también vas a jugar a la novia imaginaria?”
A nivel narrativa, “Nunca he Estado en Dublín” parte de una idea que se presta de lleno a la comedia, pero que resulta sobre extendida al punto del estancamiento, donde todo se sostiene en cuál será el nuevo secreto o psicopatía a revelar por algún miembro de la familia. No obstante, en lo fallidos y ridículos que son los personajes creados por Goikolea, y en la precisa adaptación del también director Marco Pacheco, quien captura la esencia de lo que es mexicano, tanto en sus tradiciones como en sus surreales formas de pensar y operar, que la dramaturgia se sostiene, consigue carcajadas, y al final cumple con un doble cometido de entretener a la audiencia al mismo tiempo que la invita a reflexionar sobre todo aquello que no queremos ver en nuestras propias vidas.
“¿Qué es normal, papá?”
Mientras que Luz María canta en tono operístico un conocido villancico, Martín la acompaña con la guitarra y Javier toca al mismo tiempo un pandero y un triángulo, creando una hilarante y ridícula escena que se basa en realismo. Más adelante, esta verdad se deja de lado para exagerar una escena erótica hasta el terreno del pastelazo, forzando la risa más que generarla. Mientras que la creación del departamento de la disfuncional familia de clase media es igualmente realista, incluyendo una pared con fotos, diplomas y medallas enmarcados, y el uso de comida real, la decisión de que Martín se siente a cenar en ropa interior y una bata, ambas prendas de color rojo satinado, carece de todo sentido.
“Lo esencial es invisible para los ojos.”
A nivel dirección, el trabajo que realiza Marco Pacheco en “Nunca he Estado en Dublín” apuesta por acentuar la risa a toda costa, a momentos de manera congruente con el texto, en otras llevando la comedia a niveles de farsa, exagerando innecesariamente las situaciones. El trabajo de escenografía de Leticia Olvera consigue crear la atmósfera de clase media en la que habita la obra, misma donde la dirección de Pacheco tiene momentos de humor sutil y elegante, como al momento en que Luz María le pone, sin mayor aspavientos y sin llamar la atención, unas fundas a las latas de refresco, tal y como se viralizó en algún momento a causa de cierta afamada conductora. Sin duda, el llevar al extremo la propuesta funciona en una última escena, en que una pelea entre hermanos se desquicia a niveles oligofrénicos, para enorme sorpresa y diversión de los asistentes quienes se vuelven víctimas colaterales en un pleito que incluye un botellón de agua mineral agitado.
“Los que vivimos en la realidad tenemos que aprender a lidiar con ella.”
Luz María no puede evitar su enojo, frustración y desesperación mientras trata de entablar una conversación en su mal inglés con una mujer invisible, situación que se contrasta con la forma en que Javier aborda la ridícula situación, prestándose de lleno al juego, fingiendo que ríe de lo que la novia imaginaria ha dicho durante la cena. A medida que la obra avanza, Martín se va desquiciando al punto de lo caricaturesco conforme se va dando cuenta de su lamentable realidad, mientras que Angie trata todo el tiempo de mantener la ilusión que ella misma ha creado en su propia cabeza.
“Aquí está todo por verse.”
Al frente de “Nunca he Estado en Dublín” se encuentra Mónica Huarte quien crea en la mamá un personaje patético, fallido y, a la vez, encantador e hilarante desde el entendimiento de que la verdadera comedia opera desde la verdad y no el exagerar. A su lado, Silverio Palacios como el papá resulta igualmente divertido y eficaz como un ridículo y fracasado hombre quien cree con todas sus fuerzas que todos sus problemas desaparecerán siempre y cuando tenga los pensamientos adecuados en su mente. El trabajo de Miguel Tercero como el hermano lleva su personaje de menos a más, y luego a mucho más, dejando de lado toda traza de veracidad, para volver a Martín un oligofrénico que grita en todo momento, ya sea porque contempla aventarse de un balcón o porque hizo match. Esta decisión ciertamente funciona hacia el final de la obra, cuando el caos se desata por completo entre él y Daniela Méndez, encargada de dar vida a Vero, aportando una interpretación mesurada, salvo en dicha escena en la que se da permiso de ser una absoluta desquiciada.
“¿Por qué no podemos ver las cosas como son?”
No cabe duda de que la cena navideña familiar es el ambiente perfecto para que todas y cada una de las psicopatías familiares salgan a la luz en todo su disfuncional esplendor. Cómo olvidar aquella celebración en la que a un familiar se le salió una parte íntima de su entrepierna a causa del alcohol, o aquella en que un primo decidió que era un buen momento para hablar de todos sus problemas matrimoniales, incluyendo los sexuales, estando su esposa enfrente, y ante las miradas atónitas de todos los presentes. Navidad es una época familiar, para hablar de todo aquello que queremos ocultar, siempre con una sonrisa fingida en la cara y una copa alzada para brindar por una felicidad que no todos sienten en verdad.

DATOS GENERALES
(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)
OBRA: Nunca He Estado en Dublín
DRAMATURGIA: Markos Goikolea
ADAPTACIÓN Y DIRECCIÓN: Marco Pacheco
ELENCO: Mónica Huarte, Silverio Palacios, Miguel Tercero y Daniela Méndez
DÓNDE: Foro Shakespeare
DIRECCIÓN: Zamora 9, Colonia Condesa.
CUÁNDO: Miércoles 20:30 horas. Hasta el 8 de julio 2026.
COSTO: $600. Boletos en taquilla y Boletos | Nunca he estado en Dublín | SHKSPR & CÍA
DURACIÓN: 90 minutos sin intermedio




