ROMANO CARNE DE MI CARNE

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Para quienes desean reír ante la violencia que la fe puede desatar en contra de un carnicero que de soldado romano nunca va a pasar.

ROMANO

CARNE DE MI CARNE

Por Juan Carlos Araujo
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas

“Yo creo que mi vía crucis comenzó a los 12 años.”

Habiendo crecido en un barrio como el Polvorín, tras haber sobrevivido a un incendio, a las violencias de su padre, el abandono de su madre, y a las burlas tras perder una pelea contra el Alushe de la cuadra, Gregorio entendió que su vida nunca iba a llegar a mucho. Sin embargo, como carnicero con buena voz para cantar, y que cada año participaba en la representación del viacrucis de Semana Santa, Goyo tuvo la osadía de soñar con llegar a ganar algún día, en la vida o en lo que fuera. Ahora, desde un hospital, un hombre golpeado relata como su destino es y siempre será el de perder, sobre todo cuando se trata de enfrentarse a una turba de piadosos fieles enardecidos que no dejan de hablar de la bondad de Jesús, mientras que sacan a punta de golpes y blasfemias todo el resentimiento que su miseria les ocasiona.

“¡Te van a poner falda de putillo!”

La violencia que se esconde detrás de la fe, la frustración ante una existencia que pareciera destinada a nunca triunfar, los traumas que se generan por los padres, ya sea por sus violencias o por su abandono, y hasta el goce que se genera de ser parte de algo más grande que uno mismo, como el viacrucis de Semana Santa, son algunas de las partes que conforman “Romano, Carne de mi Carne” del dramaturgo y director Diego Montero. Inspirada en el cuento Santo es el Señor del periodista, cuentista y novelista Pterocles Arenarius, la dramaturgia es una hilarante y mordaz crítica al fervor religioso al mismo tiempo que abre importantes discusiones en torno a los conceptos sociales de ganar o perder, de triunfar o ser derrotado, sobre la imposibilidad de escapar de un estrato social que pareciera determinado en aplastar cualquier traza de sueño por cumplir, todo ello usando el lenguaje de la risa como canal de comunicación con la audiencia.

“Lo mío, lo mío: la sangre y las moscas.”

Las últimas palabras de un padre a su hijo son un insulto violento homófobo a causa de un disfraz; el admirar el cuerpo semidesnudo del salvador de la humanidad con la hija del dueño de la carnicería El Buen Trozo es el primer paso hacia una relación tóxica que cuestionaría su propia hombría; años y años de participar en la representación de la crucifixión de Jesucristo, siempre en papeles secundarios, culmina con una procesión de perdedores encabezados por un Cristo obsesionado con la necesidad de más drama, deseo que se le cumple a creces, y que termina con una turba enloquecida.

“Todos queremos estar en el cuadro de la última cena.”

A momentos fársica, en otros cruda y honesta, entre dolorosas confesiones sobre traumas de infancia y sueños desechados que comparte un carnicero y anécdotas en torno a una anciana nada tonta que aprovecha la pasión para vender fruta podrida, la dramaturgia detrás de “Romano, Carne de mi Carne” revela tanto un ácido sentido del humor que transforma lo trágico en carcajadas, como un pleno entendimiento del cómo un resentimiento social puede convertir lo piadoso y religioso  en sangre derramada si se dan las condiciones adecuadas. A medida que Diego Montero va bajando las defensas del espectador a través de la risa, ya sea con uno que otro albur en los nombres de negocios, con descripciones profundamente políticamente incorrectas de compañeros de generación, o a través de la desbordada manera en que un Cristo con poder y dinero le exige a sus compañeros de escena que intensifiquen sus actuaciones, antes de ser humillado por unas plañideras en auto, el escritor y director consigue lanzar su muy serio discurso y crítica, uno que impacta hasta la médula, sobre todo para quienes se han enarbolado como gente buena de fe, segundos antes de violentar a quien perciben como más débil.

“Traga ángeles y caga diablos.”

El clamor enardecido de todo un pueblo se muestra como una cara empujada a través de la tela de un biombo de tres hojas, elemento de utilería que se usa como parte del mobiliario de un hospital o como el modo de transporte de un romano pretoriano. Con el simple girar de un pequeño banco metálico se van cambiando los personajes que interpreta Goyo, con un machete y un afilador se da crea una coreografía que denota dolor y rabia. Mientras que un casco de construcción y una escoba crean un disfraz romano, un costillar de res se convierte en la cruz que cargó Cristo hacia la cima de un monte.

“A la gente le gusta jugar el papel de los justos.”

El diseño escénico de “Romano, Carne de mi Carne”, a cargo del mismo Diego Montero, es sencillo, más profundamente imaginativa, resolutiva y eficaz, dentro de una propuesta estética que apoya cabalmente el trabajo actoral de Juan Carlos Sáenz. El diseño de iluminación de Roberto Paredes, el diseño sonoro y musicalización de Jorge Escandón y Manita de Gato Estudio, así como el vestuario a cargo de Córvido Teatro y Travesía Teatro suman al montaje de manera sólida. Sin embargo, el verdadero triunfo en la dirección de Montero es en el hermanar a plenitud su propio texto con la escena, al balancear el tono cómico con el más serio, al balancear elementos trágicos con fársicos, todo ello sabiendo darle el verdadero peso al elemento que sostendrá toda la obra: la actoralidad.

“Yo era soldado pretoriano 1.”

Vestido únicamente con una bata hospitalaria y unas sandalias que formaron parte de un disfraz de romano destrozado, Gregorio va contando su historia, al mismo tiempo que da vida a todas las personas que lo han acompañado en el camino. El caminar a pasitos chiquititos de su abuela es motivo de carcajadas, mientras que con el simple agarrar una esquina de su bata se convierte en Magda, la hija del carnicero con quien se besa y entrelaza las manos, aun cuando sólo hay una persona en escena. Como la voz del pueblo o como un Cristo educado con métodos vivenciales de actuación, Goyo no sólo es todo el poblado de El Polvorín, también es un hombre que desea ser visto por un barrio que se ha empeñado en invisibilizarle.

“¡Más drama, cabrones, más acción!”

El trabajo actoral que realiza Juan Carlos Sáenz en “Romano, Carne de mi Carne” es admirable desde diversas aristas. A nivel corporal y vocal, Sáenz es capaz de encarnar a toda una plétora de personajes, entremezclando elementos propios del clown, la farsa, la caricatura y el realismo, dando verdadera personalidad a un romano gangoso, a un sacristán con mucha pluma, o a un padre incapaz de expresar otra cosa que no sea violencia. Por el lado de la comedia, Sáenz no teme a ir hasta las últimas consecuencias. Cantando una canción religiosa, desorbitando los ojos de forma desquiciada mientras grita a todo pulmón que la escena necesita más acción, o con el mero aceptar que lo que acaba de decir ya no es correcto en estos tiempos, el actor arranca constantes carcajadas entre la audiencia. Sin embargo, es en la fractura que también expresa, en la veracidad con la que una madre le habla a un casco que representa a un niño Goyo, en la profunda melancolía con que confiesa que le hubiera gustado que la gente lo reconociera, es que Juan Carlos Sáenz saca a relucir su mayor fuerza interpretativa.

“¿A poco usted no cree que yo pueda ser el Cristo?”

Una mujer que va a diario a misa al mismo tiempo que se regodea en juzgar a su vecina por atreverse a gozar de su sexualidad; un hombre que reza todos los días mientras que acaba de correr de la casa a su hijo por el imperdonable pecado de ser homosexual; un grupo de fervientes creyentes que deciden violentar a toda una compañía teatral por el aberrante pecado de poner sobre el escenario la obra Cúcara y Mácara de Óscar Liera. Cada uno de estos ejemplos son reales. Cada uno de ellos ejemplos perfectos de lo que una fe malentendida puede llegar a destruir, a hacer de este mundo algo peor. Dicen que la fe mueve montañas, yo digo que a veces mueve a destrozar nuestras esperanzas.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: Romano Carne de mi Carne

DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN: Diego Montero, inspirado en el cuento Santo es el Señor de Pterocles Arenarius

ELENCO: Juan Carlos Sáenz

DÓNDE: Sala CCB, Nancy Cárdenas dentro del Centro Cultural del Bosque

DIRECCIÓN: Reforma y Campo Marte, detrás del Auditorio Nacional, Chapultepec

CUÁNDO: Jueves y Viernes 20:00, Sábado 19:00 y Domingo 18:00 horas. Hasta el 27 de septiembre 2026

COSTO: $80. Boletos en taquilla y Boletos | ROMANO | Centro Cultural del Bosque Aplican descuentos

DURACIÓN: 60 minutos sin intermedio

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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