MIRANDO AL SOL

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Para quienes desean ser testigos de una última conversación entre un padre y su hijo antes de la transmutación.

MIRANDO AL SOL

Por Juan Carlos Araujo (@jcaraujob)
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas (RiAlCastillo)

“Hoy se vale todo, hasta tu agresividad.”

El hijo pródigo ha vuelto al hogar. Vestido en la túnica propia de su no religión, con una aparente paz envolviendo su aura, y con una placentera sonrisa plasmada en la cara, el único gemelo restante espera pacientemente a que su padre, postrado en una cama de hospital, abra los ojos quizás por última vez. Entre últimas voluntades, reclamos tardíos, verdades dolorosas y un pésimo chiste, dos hombres se tomarán la mano, se verán a los ojos y, si se lo permiten, encontrarán la capacidad de estar en calma con lo que habrá de suceder una vez que Pink Floyd comience a sonar.

“No hay nada fácil en ver morir a alguien que quieres.”

El último momento para decir todo lo que se ha callado, enfrentar a los fantasmas del pasado, perdonar un acto imprudente de consecuencia funestas, y el adiós son temas que el hacedor teatral Cristian Magaloni explora como dramaturgo y director en “Mirando al Sol”. A partir de una conversación entre un padre y un hijo antes de que el primero muera, Magaloni, bajo su propia admisión, exorciza sus propios demonios en una obra de profunda y evidente honestidad emocional donde las palabras son acción, donde lo dicho y el silencio mueven montañas, donde un nieto que jamás llegará es el detonador de toda una plétora de temas que dos adultos se tienen que decir antes de que se exhale el último aliento.




“Mi carácter y mi agonía son una pésima combinación.”

El padre, un exitoso novelista con aspiraciones fallidas de poeta, y su hijo convertido en una especie de monje tibetano discuten sobre las decisiones que cada uno ha tomado en sus vidas. Entre un último trago de whisky y un amargo sabor a chocolate, los dos ríen a momentos, se insultan, derraman lágrimas y discuten el por qué mamá no puede compartir una habitación con su propio hijo. Cada uno está en lados opuestos de la recamara, pero quizás nunca han estado más cerca que ahora que toda la verdad ha salido a flote. Más allá de depender de interesantes giros de tuerca en la trama, o de confrontar a dos personalidades opuestas, “Mirando al Sol” es ser testigos de la capacidad de Magaloni para crear dos personajes vulnerables y rotos, amorosos y rencorosos, buscando desesperadamente la felicidad o el perdón sin realmente alcanzarlo, no importa que tanto lo intenten. Es en estos dos seres, padre e hijo, que se crea un espejo sobre el cual el espectador se verá reflejado sobre su propia historia familiar, su relación con la muerte, o su capacidad de soltar el pasado, por ende, creando un vínculo íntimo con tan reales seres humanos salidos de la pluma del autor.

“¿No me vas a reclamar nada?”

Los personajes han sido dispuestos en lados opuestos del escenario, el hijo sentado en un sillón individual, el padre acostado en una cama de hospital. Detrás de ellos, una pared hecha de pequeños cuadrados de vidrio crea un efecto de espejo hacia las butacas, pero que al inicio y al final del montaje se vuelve traslucida para revelar a la celista Natalia Pérez Turner. Se ha creado una atmósfera de intimidad a partir de una iluminación que pareciera provenir de tres lámparas distribuidas en la recámara. En este espacio, el movimiento es mínimo por parte de los personajes, quienes se mantendrán casi estáticos en sus lugares mientras se confrontan verbalmente. Apoyado por el diseño de escenografía e iluminación de Anna Adrià, la dirección de “Mirando al Sol” por parte del mismo Magaloni apuesta enteramente por la intimidad, por poner énfasis sobre lo que los personajes se tienen que decir antes del inminente final, evitando en su mayoría la parafernalia escénica en favor de la palabra hablada. Esta apuesta, arriesgada sin duda, es más que acertada al establecer tanto un ritmo natural y fluido que enfatiza la sinceridad de los diálogos, así como por la creación de un ambiente propicio para que los secretos de familia salgan a flote sin ocultar nada. Ciertamente el uso de la pared traslucida y la música en vivo de un cello son elementos que ya se han visto con anterioridad en montajes del director, específicamente en Hay un Lobo que se come el Sol todos los Inviernos. No obstante, su reaparición en esta puesta en escena no opera en contra de la misma, aunque se perciben más como decisiones puramente estéticas. Una vez dicho esto, “Mirando al Sol” es sin duda un triunfo más a la ya exitosa carrera de un director que sigue creciendo con cada nueva propuesta que presenta.




“La penitencia es una manera de no soltar.”

Con cierta desesperación en la mirada, el padre confiesa a su hijo que no tolera la manera en que día con día su cuerpo y mente le traicionan cada vez más. Con la misma intensidad, ahora presentada como enojo, el enfermo habla de una gemela, de una herida en la familia que jamás habrá de sanar, ni siquiera estando al borde de la tumba. Con aparente calma, el hijo escucha. No obstante, en sus ojos, en sus manos que a momentos de retuercen, en su incomodo sentar, se revelan todas las emociones que experimenta pero que se niega a mostrar a su padre, aun cuando no puede evitar derramar una lágrima de un solo ojo. Entre ambos hay una inmensa marejada de emociones, en escena sólo se observa una plácida conversación que a la distancia pareciera civilizada. Tanto Juan Carlos Barreto como Roberto Beck utilizan meticulosamente la contención emocional para desarrollar sus personajes en “Mirando al Sol”. Alejándose por completa de la ruta fácil de la exacerbación propia del melodrama, ambos histriones se muestran estoicos y fragmentados, enojados o devastados, pero padre e hijo partiendo desde sus propias herramientas sentimentales. Mientras que Barreto se permite el desbordamiento momentáneo en momentos claves, propios de un hombre dedicado al arte, a las letras, estando en su lecho de muerte, Beck presenta en el hijo a un hombre que ha hecho de guardar sus sentimientos en una caja fuerte un estilo de vida. Esta combinación es potente, hipnótica incluso, una creación de personajes lo suficientemente real como para sostener el desarrollo de la puesta en escena con un mínimo de movimiento.

“Morir es un buen momento para desarrollar amor.”

Mi padre murió repentinamente de un ataque masivo a los 43 años de edad, durante unas vacaciones familiares, cuando yo apenas tenía 12. No hubo despedida ni últimas palabras; no me compartió una última frase llena de sabiduría, no hubo un cariñoso abrazo antes de enfrentarme a su cuerpo inerte en un ataúd. Lo único que quedó: el vacío. Cuánto daría por haberlo podido mirar a los ojos y decirle cuánto lo amaba, lo que significaba para mí. No sucederá jamás. Sin embargo, es en el teatro donde una vez más encuentro respuestas y un remanso de paz, donde puedo encarar a mis propios demonios y fantasmas, donde puedo el adiós que nunca tuve, antes de que empiece a sonar The Dark Side of the Moon.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: “Mirando al Sol”

DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN: Cristian Magaloni

ELENCO: Juan Carlos Barreto y Roberto Beck.

MÚSICA EN VIVO: Natalia Pérez Turner

DÓNDE: Teatro La Capilla

DIRECCIÓN: Madrid 7, Del Carmen Coyoacán.

CUÁNDO: Sábado y Domingo 18:00 horas. Hasta el 17 de Julio 2022

COSTO: $300 entrada general. Boletos en taquilla y en Mirando al sol – Boletópolis (boletopolis.com)

DURACIÓN: 70 minutos sin intermedio

DATOS DEL TEATRO: No cuenta con estacionamiento o valet parking. Les recomendamos revisar el resto de su cartelera.

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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