LA IRA DE NARCISO

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Para quienes desean transitar entre la realidad y la ilusión metateatral detrás del crimen de la habitación 228.

LA IRA DE NARCISO

Por Juan Carlos Araujo (@jcaraujob)
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas (RiAlCastillo)

“Esto no va a ser un monólogo.”

Una conferencia magistral en la capital de Eslovenia es el marco en el que un viaje plagado de excesos orillará a un escritor a enfrentarse a sí mismo, a sus propias inseguridades, a sus problemas familiares y, principalmente, a una mancha de sangre seca en la alfombra de su cuarto de hotel. Entre encuentros sexuales clandestinos y grandes discusiones intelectuales, el enamoramiento por el reflejo en el espejo será clave para que un horrendo crimen se lleve a cabo, para que los restos de un mamut sean acariciados, y para que la línea que separa al teatro de la realidad se pierda por completo.

“¿Estás con otra auto-ficción en la cabeza?”

El actor Cristian Magaloni ha aceptado interpretar a una versión muy cercana a la realidad de sí mismo, al mismo tiempo que encarna a un personaje sumamente parecido al dramaturgo de la obra, Sergio Blanco, todo ello en medio de una historia de suspenso que tendrá como elemento cardinal un artículo de cocina de la marca Moulinex. Esta aparentemente complicada premisa es, en “La Ira de Narciso”, un trabajo dramatúrgico divertido, fluido y sumamente inteligente que lleva al espectador a un constante estado de alerta, de interpretación y reinterpretación de la información que está recibiendo, mientras que se ríe de toda una serie de circunstancias que rayan en lo absurdo. Esto sin olvidar que se encuentra inmerso en un thriller que a momentos tiene ecos con la película Seven del director David Fincher.




“El sólo ejercicio de la mirada opera un cambio en lo real.”

Lo primero que hace Sergio cada vez que entra a su cuarto de hotel, ya sea después de correr, de una visita al obsoleto Museo de Historia Natural, o de comer con sus múltiples colegas que disfrutan de filosofar de grandes temas en vez de preocuparse de lo que está ocurriendo en el mundo, es mirar la mancha de sangre seca en la alfombra. Sin embargo, esa mancha ahora aparece en el baño, debajo de una mesa, en la tina, pareciera que está por todos lados, evidencia de un crimen del que nadie pareciera tener conocimiento. Los expertos le dicen que salga huyendo de ahí, los espectadores quieren que Sergio, ósea Cristian Magaloni el actor, siga ahí hasta que se revele la realidad que muchos sospechan, pero que parece imposible pues desafía las leyes de la lógica misma. La anécdota más básica de “La Ira de Narciso” es suficiente para ser considerada una dramaturgia valiosa en su calidad de entretenimiento. No obstante, a medida que se van añadiendo capas de lectura, complejidades como son los problemas a los que se enfrenta el personaje con su madre o con un pesudo-amante slovenio, la propuesta se va convirtiendo en un torbellino mental que invita incluso a volver a ver la puesta en escena para poder dilucidar cada una de las vertientes narrativas. Aunado a esto, como sucedía en ¿Quién Teme a Virginia Woolf? de Edward Albee, la realidad y la fantasía se entrelazan y se contraponen con un hilo de tal fineza que uno no puede dejar de preguntarse al final: ¿qué tanto de lo que he visto es real? La respuesta resulta irrelevante, fue el viaje de una dramaturgia impecablemente bien estructurada lo que debe ser ovacionado y, sin duda, revisitado.

“Mi madre se había transformado en la sombra pixelada de lo que había sido.”

En una laptop se muestra un fragmento de la película Sin Aliento del director Jean-Luc Godard en la que el actor Jean-Paul Belmondo se lleva el pulgar de la mano por el labio inferior. Este gesto es analizado con detenimiento por el narrador, quien desea imitarlo a la perfección, con resultados francamente ridículos. Esta misma laptop se utilizará para presentar a la madre del protagonista como un ojo enorme, para que el actor haga las veces de un criminólogo experto, o para que escriba su conferencia magistral mientras su cuerpo se contorsiona sobre un banco. Aprovechando la naturaleza metateatral del texto, y estableciendo un tono medio en la actoralidad para alejarse por completo de cualquier hipérbole emocional innecesaria, el director Boris Schoemann le imprime a “La Ira de Narciso” su característico ácido sentido del humor y su preciso manejo del espacio escénico para dar vida a una puesta en escena que es capaz de crear una inmensa tensión en el simple mirar al interior de una caja de cartón, o para que todo el teatro se ponga a cantar una famosa canción de Raphael. Apoyado por un sólido equipo creativo que incluye a Fernanda García en el diseño de iluminación y escenografía, Pilar Boliver en el vestuario y a Leo Soqui en un potente diseño sonoro, el director de exitosas puestas en escena como Las Musas Huérfanas, Beautiful Julia y La Divina Ilusión traduce el fascinante, pero complejo texto de Blanco a una teatralidad que combina la elegancia de la actoralidad con el uso de ciertos elementos tecnológicos, y con la exploración de la corporalidad, dando como resultado un unipersonal cautivante.




“Yo soy otro.”

Mientras entran los espectadores, Cristian Magaloni saluda como lo que pareciera ser él mismo, pero que en verdad es una variante del verdadero Cristian, y que aparecerá en momentos claves de la obra. Como Sergio Blanco, un hombre homosexual que utiliza el sexo a manera de distractor y que se ofende ante la banalidad de la intelectualidad en la que se encuentra inmerso, Magaloni es un ser que se atormenta por una mancha, que habla con toda la paciencia con su madre enferma, que desorbita sus ojos en terror cuando se da cuenta de que se ha metido en su propia pesadilla. El reto actoral que “La Ira de Narciso” conlleva es grande, uno que demanda la creación de diferentes personajes, reales o imaginarios, pero libres de toda exageración. Cristian Magaloni, a quien se le  admiró su gran interpretación de un soldado Nazi en Himmelweg, asume este desafío con un contenido pero amplio rango emocional, que le permite ser cómicamente ridículo al punto del absurdo, introspectivo mientras dilucida sobre el mito de Narciso, o llegar a la fractura interna mientras revela, o no, sus más íntimos miedos. La elegancia con que Magaloni demuestra su capacidad histriónica es pieza clave para que la propuesta escénica sea una de las más interesantes y exitosas de lo que va del año.

“Cuando uno escribe, puede permitirse casi todo.”

En un momento de la obra, “La Ira de Narciso” se presenta a sí misma como una pieza que reconstruye un crimen. En verdad, es la mirada de un artista que se observa a sí mismo, mientras que inventa una fascinante historia que será llevada a la escena por un actor que se interpreta a sí mismo mientras interpreta al autor. Bendito teatro, lenguaje artístico único que es capaz de llevar algo tan alucinantemente único al escenario para que sea recibido por una audiencia que no pueda más que ovacionar de pie al final en absoluta delicia.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: “La Ira de Narciso”

DRAMATURGIA: Sergio Blanco

DIRECCIÓN: Boris Schoemann

ELENCO: Cristian Magaloni

DÓNDE: Teatro La Capilla

DIRECCIÓN: Madrid 13, Colonia del Carmen Coyoacán.

CUÁNDO: Miércoles 20:00 horas.

COSTO: $300. Boletos en taquilla o en La Ira de Narciso (PRESENCIAL) – Boletópolis (boletopolis.com)

DURACIÓN: 100 minutos sin intermedio. Principio del formulario

DATOS ADICIONALES DEL TEATRO: No cuenta con estacionamiento o valet parking.

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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