EL HOMBRE VENENO

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Para quienes entienden que la toxicidad en las relaciones es un problema libre de género.

EL HOMBRE VENENO

Por Juan Carlos Araujo
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas

“La mayoría de los venenos, en cantidades suficientes, son mortales.”

Todo comenzó con algunas llamadas por teléfono, todas de 12 minutos de duración. Cuando por fin se conocieron, su corta estatura y amplios cachetes no le resultaron lo más atractivo del mundo, pero su sentido del humor y conversación consiguieron que la curiosidad se convirtiera en atracción, luego en deseo, hasta culminar en una pasión desmedida y desbordada producto de una evidente intoxicación letal imposible de controlar. Unos cuantos tequilitas en la cueva del lobo fueron su perdición y, aun cuando el objeto de su deseo fuera la ponzoña, él o ella tendría que aceptar que el verdadero envenenamiento había salido de sus propias debilidades, miedos e inseguridades.

“¿A qué hora me había gustado?”

La complejidad de las relaciones interpersonales afectivas hoy en día, producto de los diálogos internos que las personas tienen con ellas mismas y que alimentan sus propias psicopatías, independientemente de su género, es la base sobre la que la dramaturga y directora Amarante Leyva desarrolla “El Hombre Veneno”. A través de un ácido y efectivo sentido del humor capaz de   mostrar cuán ridículas pueden llegar a ser las personas cuando de amor y deseo se trata, este unipersonal abre conversaciones en torno a la manera en que las personas tienden a culpar al otros de sus demonios cuando la verdadera toxicidad está más en el espejo que en los demás.

“Este tipo de hombres nunca da explicaciones de más.”

El primer gran conflicto al que la protagonista se enfrenta es el aceptar que se siente atraída por ese hombre con quien acaba de quedar para tomar café, a pesar de que no cumple con los parámetros físicos que ella espera. Cuando se encuentran, ella se agobia por lo cómoda que se siente con él, al punto de permitirse la libertad de hablar de todo con el susodicho galán, a quien empieza a culpar de intoxicarla con sus encantos. Para cuando él la invita a una fiesta de cumpleaños, sus fantasmas internos ya se han apoderado por completo de ella, al punto de comportarse como una oligofrénica cuyas pasiones están por completo fuera de control.

“Dos horas después él ya sabía hasta el color de mis calzones.”

La premisa dramatúrgica sobre la que se construye “El Hombre Veneno” es ligera, un divertimento escénico diseñado para que el público se ría de si mismo, ya que todes, absolutamente todes, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido el protagonista de una variante de esta misma historia. Sin embargo, Amaranta Leyva toma la muy acertada decisión de llevar a escena el unipersonal en voz de tanto un hombre como de una mujer. Esta aparentemente sencilla elección eleva el discurso de la obra, la libera de estereotipos de género o de preferencias, anula pensamientos misóginos en torno a que así son las mujeres en las relaciones, permite que el texto sea universal y aplicable a todes. Una vez establecido esto, se aprecia ampliamente el ingenio que despliega Leyva, mismo que produce carcajadas con la mera mención de unos tequilitas o con una muy inteligente reinterpretación del afamado microrrelato de Augusto Monterroso sobre un dinosaurio.

“¿Y si ahora le llamo yo?”

La protagonista está sentada en un sillón de piel, único elemento de escenografía visible para la audiencia, ya que detrás de él también hay un trampolín que se utiliza en un momento clave de la obra para resaltar el estado hilarantemente alterado en que se encuentra la narradora. Con cada nuevo paso que ella da hacia la obsesión, se escucha una gota que cae, referencia al veneno que está entrando a su sistema como si de una alimentación intravenosa se tratara. Cuando, ya en el departamento del galán, ella se atreve a dar rienda suelta a sus deseos y expresar su apasionamiento, una luz roja inunda el espacio, reflejo del apetito voraz y lujurioso que la narradora siente, resultado de una tóxica seducción de la que ha sido supuestamente víctima.

“¿Por qué siempre quiero salir huyendo?”

Escénicamente, “El Hombre Veneno” apuesta por una economía de recursos, donde la luz es el principal elemento que crea ambientes y espejea las emociones de la protagonista. Trabajando de la mano de Gabriel Pascal, encargado de la escenografía e iluminación, la dirección a cargo de Leyva consigue potencializar la comedia inherente en el texto, así como el patetismo en torno a las inseguridades que se desatan cuando hay el potencial de una verdadera relación en el horizonte. Esto se consigue, principalmente, al poner en foco sobre la actoralidad.

“Estoy envenenada y me gusta.”

La protagonista tiene una conversación con su galán. Con el ir y venir de una sonrisa nerviosa y un simple reajuste en sus piernas, juntando las rodillas cuando se trata de ella y separándolas para interpretar al hombre, se puede percibir la creación de dos personajes claramente definidos. Sus neuróticos procesos mentales de sobreanálisis, ya sea negociando con ella misma las razones por las que se siente atraída a este hombre, tratando de entender la presencia de unas tortugas voyeurs, o buscando calmarse a través de apretar y relajarse, se ven reflejados en su cara, en el buscar ahogar sus inseguridades en un cojín del sillón, en pretender que aquí no pasa nada mientras que sus pies le indican que es hora de salir huyendo de una fiesta de cumpleaños a toda prisa.

“Yo sólo quería ser piel para ser tocada.”

Uno de los aciertos más destacables en la interpretación que Yenizel Crespo realiza en “El Hombre Veneno” radica en la forma en que se presta al ridículo para dejar en claro las premisas de la dramaturgia e intensificar su comedia, sin ser en ningún momento cruel con su propio personaje. La narradora es una mujer insegura, dominada por sus demonios internos, mismos que parecieran empecinados en que ella vea monstruos o señales de alarma donde hay interés, buena conversación y una evidente habilidad para la seducción. Es en la manera en que Crespo habita esta realidad de su personaje, desde la comedia, pero no de la burla, que el espectador se compromete con ella, se identifica y la quiere consolar al mismo tiempo que ríe abiertamente, en momentos incluso a carcajadas. Yenizel Crespo alterna funciones con César Alcázar.

“La última gota, la más pequeña, es la más difícil de sacar.”

Yo confieso que, a la mitad de la obra, realice una nota sobre la manera en que las mujeres tienden a sobrepensar las cosas cuando se trata de relaciones nuevas. Casi al momento me regañé a mi mismo, recordándome que esta obra es interpretada por ambos géneros, y que las neurosis, las inseguridades y miedos, son un tema humano, no de hombres o mujeres. Son varias las puestas en escena que invitan al público a regresar para que puedan apreciarla desde una perspectiva distinta. Sin embargo, dado el discurso que propone “El Hombre Veneno” en torno a las relaciones afectivas, el volver a ver la obra con la contraparte masculina o femenina se vuelve casi en una tarea obligada para poder confrontarnos con nuestras propias ideas preconcebidas, producto de una sociedad heteropatriarcal.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: El Hombre Veneno

DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN: Amaranta Leyva

ELENCO: César Alcázar (jueves y sábado) y Yenizel Crespo (viernes y domingo).

DÓNDE: Teatro El Milagro

DIRECCIÓN: Milán 24, Colonia Juárez.

CUANDO: Jueves y viernes 20:00, sábado 19:00 y domingo 18:00 horas. Hasta el 22 de marzo 2026.

CUANTO: $350. Entrada General. Aplican descuentos. Boletos en taquilla y El Hombre Veneno – Boletópolis

DURACIÓN: 60 minutos sin intermedio.

DATOS DEL TEATRO: No cuenta con estacionamiento o valet parking.

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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