MALANDRITO

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Para quienes desean entender que la migración, la otredad, la soledad y el lenguaje no deben ser entendidos, sino abrazados.

MALANDRITO

Por Juan Carlos Araujo
Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas

“Hablas bien cagado.”

No lleva ni tres meses en la Ciudad de México, en el país para ser precisos, y en absoluta soledad, con una pizza de Little Ceasars, y teniendo que encararse a la violencia de las calles es que un joven venezolano pasa su cumpleaños. Su acento es inteligible para muchos, para otros, como algunas clientas del autolavado donde trabaja, resulta atrayente, sexy incluso en cuán exótico suena. Entre no entender el chilango o la gente que habla inglés en la Condesa, odiar algunos olores de esta ciudad o a quienes no les gusta el Chavo, y tratar de mandar dinero a quienes tanto extraña en su madre patria, un migrante trata de encontrar un hogar en tierra ajena, marica.

“Yo actúo como que sí soy de acá.”

La muy dura realidad a la que se enfrenta un migrante sudamericano que llega a la Ciudad de México, la resiliencia que tiene que desarrollar de manera casi inmediata para poder sobrevivir a una vida llena de carencias, soledad, y violencias en medio de la inmensidad de la metrópoli, así como una mirada crítica a los casi surreales contrastes que existen en ella, desde económicos hasta lingüísticos, son parte del unipersonal “Malandrito”. Escrita por Juan Carlos Franco, encargado también de la dirección escénica, y el protagonista Luis Vegas, la dramaturgia se basa en experiencias de vida de este último, creando un vívido, doloroso y profundamente pertinente reflejo de las experiencias de Vegas como migrante venezolano en tierra azteca.

“Todo este planeta de ricos me parece extraño.”

Con su español venezolano, con un acento y ritmo de habla propio de su país que le recuerda a la audiencia mexicana que nuestra forma de hablar no es ni la única, ni la correcta, el narrador va creando un retrato muy claro de lo que es su vida lejos de su país. Una de las partes centrales de su relato gira en torno a visitar a una clienta en su edificio en la colonia Anzures, mujer quien ha fetichizado al protagonista como un chacal más que verlo como un ser humano. Luego de ser malmirado por los guardias de seguridad, el lavacoches llega a un departamento lujoso, lleno de comodidades que le son completamente ajenas como el mero hecho de que hayan cinco diferentes tipos de cereales en la alacena. Al asomarse por un balcón, el migrante se enfrenta a la inmensidad de la ciudad, a la manera en que una calle le muestra riqueza extrema mientras que a una cuadra de distancia el crimen organizado reina, y en otra la pobreza extrema se percibe desde la comodidad de las alturas. Entre drogas de lujo y sexo con un micrófono posicionado en las alturas, el joven verá su realidad de manera cruda y su aislamiento será más profundo que nunca.

“Mis ojos no dejan de lagrimear, pero yo no, yo no lloro.”

Más allá de las palabras que conforman la dramaturgia, mismas que no siempre son entendidas por los oídos chilangos, privilegiados y, en muchas ocasiones, no intencionalmente clasistas o racistas, el trabajo que realizan Franco y Vegas en “Malandrito” al desarrollar la narrativa es el de crear un panorama sin anestesia, un sentir duro y potente a la entraña, de lo que es la vida de un migrante tratando de salir adelante en un ecosistema que pareciera ir en su contra en cada esquina. Ya sea cantando con toda su rabia desbocada, abriendo su alma a lágrimas que brotan sin llorar luego de hablar con su mamá en Venezuela a quien extraña con toda su alma, o haciendo una lista de todo lo que le caga de la Ciudad de México, el unipersonal, la voz misma de Vegas, es una crítica furiosa y dolorosa a un México que no tiene los brazos tan abiertos a los migrantes como constantemente se vanagloria, es un canto de orgullo a todo aquello que suena y sabe diferente a lo chilango, a lo mexicano.

“¿Tú eres de los que vienen de lejos, ¿no güey?”

La voz de la mujer que ha convertido al narrador en un objeto de placer sale de un micrófono colgado del techo, por lo que Luis Vegas debe de estirar el cuerpo para poder usarlo, reflejo de la distancia que existe entre las clases sociales; una caja de Lucky Charms se transforma en un símbolo de desigualdad, mientras que en una televisión del siglo pasado se muestran comerciales de productos de belleza femenina que resultan inalcanzables para alguien que apenas puede sacar para sobrevivir; el acto de fumar al final de la representación, e invitar al público a compartir humo abre complicidad y revolución en un acto simbólico de resistencia y desafío.

“Estoy solo, triste y vacío.”

La escenificación de “Malandrito”, a cargo de Juan Carlos Franco, potencializa las palabras y la actoralidad de Vegas, creando un ambiente que refleja el sentir del personaje, sus batallas emocionales internas, incluso su viaje mental luego de probar por primera vez LSD. Esto se consigue a través de la conjunción efectiva del trabajo de varios creativos, entre los que se destaca Isay Ramírez en el diseño sonoro y composición original, quien es capaz de crear una cacofonía musical fúrica y potente en momentos de quiebre del protagonista, así como el diseño de iluminación de Emilio Zurita, quien pasa de oscuros rojos a una luz blanca helada para contrastar las realidades a las que se enfrenta el migrante venezolano. Con un ritmo vertiginoso, una propuesta sin concesiones, confrontativa, y al mismo tiempo sensible, que refleja la honestidad y vulnerabilidad con que se ha desarrollado la narrativa, la dirección de Franco es un acierto absoluto al retratar con claridad lo que es el sentir migratorio en esta feral capital.

“Allá o acá, donde sea, pero libre.”

Camino a su cita con la adinerada clienta del lavacoches, el protagonista se encuentra en medio de un pleito urbano provocado por un accidente automovilístico. En espacio de segundos, Lusi Vegas asume el papel del narrador, una mujer fresa que fue testigo del incidente, de un policía y el conductor de un transporte público. Cada uno de estos personajes tiene su propia personalidad, timbre de voz, acento profundamente chilango o venezolano, así como corporalidad. Como el migrante, es capaz de mostrarse frágil y roto luego de tener contacto con su gente en Venezuela, temeroso ante los malandros que habitan la Ciudad de México, o como todo un macho seductor dispuesto a complacer a una mujer ya en sus cincuentas.

“Yo jodido y tú migrante, ¿pos qué le vamos a hacer?”

El trabajo actoral de Luis Vegas en “Malandrito” es una clase maestra en proyectar emociones y ser capaz de transmitir un mensaje que traspasa la palabra. A lo largo de la puesta en escena, Vegas demuestra su talento en la creación de personajes, en el cambiar de acentos a voluntad, en accionar desde la fractura y la vulnerabilidad, ya sea con furia en la mirada o lágrimas contenidas mientras tiene el celular al oído escuchando a quienes ama. No obstante, es en la creación del protagonista, un reflejo de sí mismo y de su esencia sobre el escenario, donde Vegas despliega con mayor amplitud su rango actoral, al encarnar a este joven que apenas si entiende el mundo en que habita, pero que ha tenido que desterrarse para poder encontrar las oportunidades que en su tierra no encuentra. No cabe duda que Luis Vegas es una fuerza monumental en la escena, misma que arrasa con el espectador con la potencia de su protesta.

“Ojalá nunca tengas que huir de ningún lado.”

El pasado 8 de febrero el cantante puertorriqueño Bad Bunny hizo historia con su espectáculo de medio tiempo del Superbowl. En medio de una celebración, no sólo a su patria, sino a todos los países hispanoparlantes que conforman el continente americano, el cantante realizó una potente protesta pacífica en contra de la actual administración estadounidense, y sus políticas antimigratorias, usando el amor como arma. Fueron tantas y tantas las personas que decidieron ignorar el mensaje del artista boricua para meramente criticar que no le entendían lo que cantaba, dejando en claro la profunda falta de entendimiento de que el mundo es mucho más amplio que lo que alcanza a ver una mirada ciega, discriminatoria, clasista, privilegiada o xenofóbica. El arte no habla en tu idioma, en tu acento o con las palabras que tú usas. El arte confronta, incomoda y abre preguntas, desde el sentir, el alma y el corazón, las heridas y las lágrimas, en el caso de “Malandrito” con la voz de miles de migrantes en México que buscan un espacio para encontrar la felicidad.

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DATOS GENERALES

(Toda la información contenida a continuación proviene de la producción)

OBRA: Malandrito

DRAMATURGIA: Luis Vegas y Juan Carlos Franco

DIRECCIÓN: Juan Carlos Franco

ELENCO: Luis Vegas

DÓNDE: Teatro El Milagro

DIRECCIÓN: Milán 24, Colonia Juárez.

CUANDO: Jueves y viernes 20:00, sábado 19:00 y domingo 18:00 horas. Hasta el 15 de febrero 2026.

CUANTO: $300. Entrada General. Aplican descuentos. Boletos en taquilla y Eventos – Boletópolis

DURACIÓN: 70 minutos sin intermedio.

DATOS DEL TEATRO: No cuenta con estacionamiento o valet parking.

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Licenciado en Literatura Dramática y Teatro con experiencia de más de veinte años en crítica teatral. Miembro de la Muestra Crítica de la Muestra Nacional de Teatro y Miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas de México.

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